Se puede decir que tuve una infancia feliz fuera del colegio, o casi. Tengo la mala suerte de no haber crecido con mis abuelos, pero con mis abuelas sí. Como toda persona, supongo, tengo a mi favorita, la paterna. Mi abuela materna me quiere mucho, pero sabe bien cómo hundirme en la miseria. Físicamente no paro de intentar mejorar, este año perdí quince kilos, pero me sigue criticando; y lo peor es que lo hace mientras estoy delante, no sé si para que me entere o para que llore. Actualmente no me hablo con ella, por un problema con una hermana suya, y voy a seguir sin hablarle a menos que se comprometa a no decirme esas cosas, que las diga a mis espaldas pasa (ojos que no ven, corazón que no siente). Mi otra abuela es un encanto, siempre me sorprende con algo nuevo. Le encanta aprender y además lo hace rápido. Este año ha hecho cuatro trajes de baturra: para su hija, mi prima pequeña, mi hermana y para mí; son preciosos. Es encantadora, cocina que da gusto y sabe escuchar. Por parte de la familia, he tenido una infancia medio feliz.
Lo que de verdad me ha marcado durante mi infancia son los juguetes, las series de televisión y sobretodo Disney. Siempre ha sido mi criptonita. Me encanta hacerme una cenita sana, coger la tablet y ver una película de Disney de princesas, claro.
Se podría decir que hoy en día soy así por todo esto. De primaria he aprendido que nada es para siempre, y menos los amigos que se hacen a esa edad. De mi familia aprendí que, por mucho que lo deseemos, a la familia no la elegimos. Y de Disney aprendí que todo es posible.


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