domingo, 7 de julio de 2013

Marta Camarero.

Soy de las que tienen planeada su vida. Me voy a casar con un hombre que me haga sentir bien, que cada día me saque una sonrisa de oreja a oreja y que me llame princesa cada vez que le insulte. Voy a tener una hija o un hijo, sólo uno. Si es niña se llamará Afrodita (diosa griega del amor y la sensualidad), porque habrá nacido del amor entre mi marido y yo; o Pilar, como mi mejor amiga, como muchas mujeres que me han ayudado y como la Virgen del Pilar. Será morena con los ojos marrones y tendrá mi nariz. Si es niño será el padre el que decida el nombre, pero tambié tendrá mi nariz.
Para formar esta familia he tenido que estudiar una carrera. Supongo que estudiaré publicidad y me intentaré colocar. Pero antes de ponerme a trabajar he tenido que encontrar a mi hombre perfecto.
Mi hombre debe ser más alto que yo, que me haga reír, que se preocupe por mí, que me acepte y que soporte mis manías. Que sea comprensivo, con sentido el humor, entregado con su familia, siempre dispuesto a hacer cosas nuevas. Lo único que no puede ser es racista, homófobo y machista. Eso no lo soportaría nunca, ni aunque cumpliera con las características anteriores.
Me encanta planificarlo todo. Lo tengo que saber todo, cada cosa que pasa o deja de pasar. No puedo dejar ni un minuto de mi día sin planificar. Que luego salga bien o mal es otra cosa.
No soy de las que leen libros, no me entretiene. He descubierto una novela romántica muy entretenida gracias a un programa de la tablet. Adoro la tecnología. Intento juntar el mundo de la lectura con el de la tecnología; espero conseguirlo y que además mejore mi expresión, que muchos dicen que es pobre...
En cuanto a la familia no puedo quejarme, aunque algunos miembros ya no estén, he sido bendecida con unos padres estupendos y una hermana que, aunque me saque de mis casillas, es un cielo. He tenido la suerte de no tener una famila que se entromete en mi vida y que sabe todo sobre mí. No me gustaría tener todo el rato a mis padres pegados para ver qué hago. Soy una mujer independiente, que sabe lo que quiere y que sabe cuidarse sola. Mentiría al decir que podría vivir sin ellos.
Tengo muy claras las cosas con respecto a cómo soy y cómo me ven los demás. Soy feminista, aunque no extremadamente, ambiciosa, femenina, detallista, romántica, graciosa y coqueta. Para muchos me muestro como una mujer graciosa a la que no le hace falta abuela (me refiero a que yo misma reafirmo los cumplidos que me hace la gente), y para otros tantos soy la típica chica a la que quieren mucho y que nunca rompería un plato. Me reservo tal y como soy para aquellos que saben apreciarlo y que además lo aceptan. Sé que suena estúpido, pero cuando te han dado tantas veces al final acabas aprendiendo que estás mejor callada y sonriendo. Desde el punto de vista de cualquiera pensaría que soy una falsa, en ese caso que se ponga en mi situación: una chica que está más perdida que un tonto en una tienda de chuches, a la que no han querido por lo que es, a la que han hundido y humillado todo lo que han querido y más, y que no sabe distinguir entre su felicidad y la de los demás. Lo doy todo por lo demás cuando lo necesitan. A la hora de ayudar no soy nada rencorosa ni vengativa, es más si alguien que me ha faltado al respeto o que no se ha portado del todo bien conmigo estaría encantada de echarle una mano con lo que fuese. Soy de las que se ofrecen voluntarias para todo y que lo hace todo aunque luego no reciba nada a cambio.
Hace varios años, tenía miedo de hacer nuevos amigos porque no me sentía para nada segura conmigo misma. Ahora he visto que he perdido el tiempo y la paciencia. Estoy harta de pensar que podría haber hecho grandes cosas de no ser por el autoestima tan frágil que tengo. Me han dado por todos lados, me han arruinado la vida y otros lo intentaron. Lo que más me duele es que yo no soy vengativa, rencorosa puede porque no sé olvidar.
Al acabar el día recuerdo casa palabra que he pronunciado, cada tweet, cada whatsapp, hasta las veces que he escrito la contraseña en el teléfono para mirar notificaciones. Todo, cada detalle, cada movimiento que he hecho. Y nadie puede llegar a imaginar lo que es para mí recordar cada vez que he sido insultada, ridiculizada y se han reído de mí. Cuántas veces han sido las que he soñado que el mundo cambiaba y que los dieciséis años que tengo han sido un sueño, una pesadilla atroz. No sueño con un final feliz ni memeces semejantes, sino con un presente menos ofensivo y más comprensivo.

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